Engancha hacia afuera, con la marca cerquita, pero no tanto como el balón que está atado al instinto del barrio. Luego engancha hacia adentro, natural, ágil, con el defensor sin dejar de seguirlo. ¿Qué hará ahora ese que domina el trapo? ¿Lo largará a correr un poquito? ¿Buscará el rebote y ganar un tiro de esquina? ¿Mandará el centro desde donde está? Nada de eso: reengancha hacia afuera, frenando, pisándola y pasándola por detrás de su cuerpo. Se escucha el “¡¡OOOHHH!!” de la tribuna, mientras el persecutor se rinde frente a su propia inercia, encadenado a sus piernas, con la mente en blanco y el rostro de idiota. La reiteración del potrero vivo, ahí, a través de los pies del bajito chileno que ridiculiza en cinco metros de pasto toda la academia española. Ya tiene libertad; David Pizarro acaricia un zurdazo preciso al punto penal. Allí corre Rafael Olarra quien viene desde la izquierda. Olarra anticipa a toda la zaga rival, se eleva y conecta un cabezazo fenomenal. La bola se cuela en el ángulo. Golazo. Chile vence 1-0 a España a los 23 minutos después de un ‘jugadón’ del volante porteño.

Es 18 de septiembre del año 2000, la selección chilena olímpica se mide en Melbourne ante España, uno de los principales favoritos a conquistar la medalla de oro. Es la segunda fecha de un grupo que también integran Marruecos y Corea del Sur. Ambos equipos vienen de sendas victorias, el empate no parece ser un mal resultado pero el cuadro dirigido por Nelson Bonifacio Acosta sorprende y abofetea primero. No es normal ver a una Roja con esa personalidad, sin pactar con la prudencia. Tampoco se trata de un poema de atrevimiento, en la banca don Nelson vibra casi tanto como los diez mil chilenos que pueblan el estadio cada vez que su “4-4-2” se aventura más de la cuenta.

La selección, ordenada, con buen toque y Pizarro inspirado, enciende la mañana de un país que se despierta mirando fútbol y gritando goles. Reinaldo Navia a los cuarenta minutos anota el 2-0 tras una luchada maniobra, en su sello, del capitán Iván Zamorano. Ambos delanteros, Zamorano y Navia, festejan la conquista bailando cueca, convirtiendo la cancha en una ramada. España arremete desde la conducción de Xavi y así encuentra el descuento en los inicios del segundo tiempo. El cuadro europeo, junto a la tradición de años, llevan a Chile a cuidar el resultado. Hay angustia, el tiempo camina lento. Pero David Pizarro lo acelera: va, viene, concentra la atención, usa la cadera, y va nuevamente; suelta el balón dejando a Zamorano solo, con pista para avanzar. El atacante avanza e inteligentemente cambia el panorama para Navia. El “Choro”, con tiempo, pone tiza al botín derecho y fusila desde 20 metros. La bomba cruzada se clava en la esquina y arriba. Otro golazo. Se extingue el partido, enmarcado y para el recuerdo. Chile gana 3-1, clasifica a cuartos de final y la posibilidad de medalla deja de ser un mero murmullo.

La Roja arribó a los Juegos Olímpicos con dudas; la preparación no tuvo mucho tiempo de practicas y previo al torneo se tragó una goleada al toque brasileño. Aun así, el fútbol aparecía como una de las pocas cartas ciertas de poner a Chile en el medallero. Mientras la mayoría de los deportistas luchaban al pulso propio la oportunidad de abrirse caminos en sus disciplinas, orgullosamente amateurs pero tristemente olvidados, el fútbol posicionaba su lugar profesional y mimado para, tal vez, competir mano a mano. Quizás esa responsabilidad, sumado al ambiente único y la riqueza de las propias características que brinda el evento, aumentó el grado de compromiso, la concentración y la valía para buscarse un lugar en la historia.

Don Nelson, un tipo astuto, de olfato callejero e ideas coloquiales, confeccionó un armado probado, sin inventos. La regla olímpica define la modalidad sub23 en los representativos, claro que con la posibilidad de incorporar tres futbolistas mayores. El técnico Acosta seleccionó al portero Nelson Tapia, al defensor Pedro Reyes y al delantero Iván Zamorano. Una columna vertebral experimentada, mundialista. El resto, a pesar de ser más jóvenes, igualmente tenían recorrido y experiencia. Los nombres estaban. A eso se agregó un aspecto esencial del fútbol moderno: la preparación física. Hubo que trabajar duro, con lengua afuera y jugadores amurrados, pero al preparador Claudio Cayazaya no le tembló la mano, aunque el vomito llegara. Como pocas veces una selección nacional buscaba diferenciarse no sólo por talento, algo obviamente fundamental, también con seriedad absoluta a la hora de trabajar. Y claro, bajo la maña táctica de don Nelson.

Los cuartos de final ponían delante a Nigeria, el vigente campeón. Las referencias al biotipo, a la realidad de los pasaportes y la dificultad del partido no amainaron el interés general, todo daba igual, ni siquiera importaba que el horario fuera de amanecidas. Lo primero al despertar era prender la tele y empezar con la adrenalina propia del aguante sincero.

Chile barrió con Nigeria, no le dio chances. El equipo jugó sin regalarse atrás y ofendiendo por la parte izquierda gracias a un Rodrigo Tello imparable. Maldonado ocupaba el centro del campo, a la derecha de él se cargaba Patricio Ormazábal, delante de ellos la batuta de la fantasía la aplicaba Pizarro. Pero ese día todo nacía de la zurda de Tello, quien se recostaba como volante por la siniestra. Ya llevaba dos asistencias claras de gol antes de los 10 minutos. A los 14 lo bajaron a patadas tras un arranque de habilidad; él ejecutó la falta. Le dio con comba, a la altura de la palomita entre arquero y barrera, donde duele. Pablo Contreras la leyó y de palomita el 1-0. Dos minutos más tarde, ahora a la carrera, Tello dejó la bola justa para la llegada de Zamorano, quien puso el 2-0 a los 17 minutos. Navia de globito, con un Nigeria desordenado y a la ofensiva, sentenció el encuentro antes de cerrar el primer tiempo. El segundo, con oles y olor a tramite, regaló una pared entre Pizarro y Tello, que este último coronó con sablazo seco, aquilatando más su memorable jornada. Chile se metía en semis a lo grande.

La efervescencia y la expectativa ya no se podían contener, además Brasil había quedado eliminado por Camerún, el próximo escollo. Se sabía de las virtudes del rival pero se aseguraba que este era el momento de cambiar la retorica del discurso. Y eso era con medalla de oro en el pecho. Sin embargo, no se pudo.

La Roja lo buscó por todos lados, pasando poco a poco de la sensación de buen juego a farra. Los minutos intranquilizaban al equipo que dominaba el tramite y las mejores oportunidades. Claudio Maldonado tuvo la más clara, con Zamorano y Navia solos pidiéndosela con al arco desguarnecido, pero pateó al bulto del arquero Kameni. La puteada que Zamorano le regaló representó a todo Chile. No obstante, minutos después, Sebastián González, quien había ingresado por Navia, se llevó prestada la gloria por un ratito. El pelotazo tomó, una vez más, mal parados a los africanos y “Chamagol” se fue solo directo al pórtico; resolvió tímido, pero la tapada rebotó en el muslo de un defensor camerunés: autogol y qué importaba la estética, explosión nacional a los 77 minutos.

La final en las barbas, contra España, en el estadio olímpico de Sidney. Pero no era nuestro turno en la historia. La tensión y el desgaste de no resolverlo a tiempo quemaron las piernas y la cabeza. Había que estar atento a todo, no había crédito de la fortuna ese día, y fue así que tras un tiro de esquina, entre rebote y rebote, Mboma clavó el empate apenas seis minutos después del 1-0. Fue letal. Tanto que tres minutos más tarde, el mismo Mboma caía en área chilena tras una barrida apurada de Pablo Contreras. Penal. No se podía creer, la fatalidad típica de nuestra biografía. Tapia, de gran torneo, no pudo hacer nada. Camerún se llevó el partido, y a la postre el oro. Lo que dolió tragar el resto del día.

La pena fue inmensa, la rabia se mascó mucho, además el equipo jugaba bien e ilusionó a todos con una medalla de oro, algo que hasta ahí nunca había ocurrido. Pero el valor del deportista es levantarse, con dignidad y volver a intentarlo. Sin margen, con el corazón roto pero el espíritu firme, Chile jugó por el bronce y con dos goles de Zamorano -el segundo tras una genial combinación con Maldonado- superó a EE.UU, subiéndose con orgullo al podio.

Todos quisimos ese oro, en muchos momentos la selección jugó para conseguirlo, pero se llevó un bronce, con la frente en alto, junto al merecido festejo tras un trabajo esforzado y una medalla colgando. Se disfrutó, se sufrió, se vivió. Fue ese equipo de fútbol Chileno en los Juegos Olímpicos del año 2000, cuando despertábamos viendo fútbol y soñábamos de día. ‪#‎BB‬

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